¡La vida esa un carnaval! Pero en Celendín se vive mejor.

Siempre relacioné los carnavales con escenas típicas de Río de Janeiro, con abundantes y exóticos trajes, mujeres despampanantes, serpentinas y zamba. Felizmente esto es solo en Brasil. Pero en Cajamarca (Perú) dicha fiesta se vive con tanta intensidad que es considerada como la cuna del carnaval peruano. Aquí no hay diminutas ropas pero sí toda una manifestación de arte y tradición.

Llegué a esta ciudad la última semana de febrero. Eran días de la fiesta y cientos de viajeros colmaron las carreteras. Todo medio de transporte valía para llegar. Entre costales de arroz y paisanos, el viaje se tornó en un cuadro folclórico inolvidable.

Aún el sol no salía. Cansado y adolorido por la incomodidad del viaje, lo que deseaba era dormir. ¡Pero cómo podía hacerlo si en la Plaza de Armas la gente aún celebraba!. Grupos de jóvenes en las esquinas, cánticos y bailes, guitarras y botellas de licor en el suelo, todo indicaba que fue una noche de parranda. Las campanas de la Catedral anunciaron el nuevo día. Casi sonámbulo me dirigía descansar, repitiéndome que debo estar preparado , pues aquí podría ocurrir de todo. Al mediodía la ciudad entera se congregó en la Plaza y calles aledañas. Una guerra se desató y cualquiera podía ser empapado con agua y pintura. Desde lo alto de los edificios los francotiradores lanzaban su munición de globos. Otros atacaban frente a frente y en grupo. Nadie escapó al ataque, todo valía para la diversión.

Con ropas mojadas nos preparamos para ver el desfile de carros alegóricos, reinas y disfraces de cada barrio. Calles repletas de gente. Había que ser muy hábil para alcanzar a ver el espectáculo. Felizmente me escabullí y me uní a los danzantes y bailarinas que de inmediato me conquistaron con su alegría. Despojado de toda vergüenza y sin temor a hacer el ridículo, me aventuré a seguir las comparsas e imitar sus bailes. Era uno más en ese mar de diversión.

Por la noche, las coplas y guitarras volvían a sonar en la plaza. Todos éramos amigos. Lo principal era sonreír y nunca negar una invitación a beber. Pues un principio de esta ciudad es comer y beber todo lo que se ofrece, o sino la persona es obligada a ingerir el doble de licor. Aprendí muy bien la lección. Mas ellos no se percataron que tenía mis trucos para no beber lo que me servían –aguardiente mezclado con refresco-.

Al día siguiente se realizó el concurso de las “viudas”. Esto consiste en premiar a quien llora por más tiempo la muerte del Ño Carnavalón o Rey Momo –personaje que representa el espíritu del Carnaval por finalizar-. Docenas de mujeres que se visten de negro y sus gemidos y llantos exagerados conmueven hasta el más duro corazón. Una parodia que indica el final del carnaval, para enterrar luego a este ser imaginario.

Fiesta sin fronteras.
Las celebraciones continuaron en pueblos aledaños. Y es en José Gálvez donde el carnaval se celebra igual que hace 20 ó 30 años atrás. A tres horas de Cajamarca, este distrito se prepara por más de un mes para la fiesta. Los barrios ensayan sus bailes, confeccionan sus trajes con hermosos colores y lentejuelas. Las máscaras antropomorfas y sombreros de copa alta también son parte del atuendo.

El acabado de las ropas es tan fino que la gente no escatima dinero para lucir bien en el festejo. Igual valor merecen los carros alegóricos y la decoración de las calles. Pero nuestras miradas se las roban las reinas elegidas con gran dificultad. Pues aquí todas las mujeres merecen una corona. ¡Ay de aquel que pretenda enamorarlas¡ Antes deberá ser aceptado por el barrio entero que celosamente las cuidan.

Las casas blancas con tejados y balcones viejos. Las pistas empedradas y el corzo que recorre las calles principales crean la sensación de vivir en una postal. También hay agua y pintura, alegría de niños y jóvenes. Pero lo más maravilloso es la hospitalidad de la gente que, al llegar la noche, están dispuestos a acoger al visitante. Dan lo mejor de su abrigo y comida. Lo que nunca falta en casa es la chicha de jora. No hay que abusar de este licor sino se quiere terminar en el baño con terribles cólicos.

Encuentros
Muy temprano fui invitado a participar de una reencuentro familiar. Esta vez me dirigí al poblado de Alto Bacón, muy cerca de Celendín. Entre abrazos y lágrimas, la familia se volvía a ver. Primos, tíos, hermanos y abuelos, más de quince personas reunidas aquella mañana. Se sacrificó un cordero, la abuela cocinó papas y maíz cosechado de sus tierras y comimos pan caliente horneado bajo leña. Posamos para la foto del recuerdo y sin percatarme ya era un miembro más de aquella generosa familia que no cesaba de abrazarme y recordarme que estaba en casa. Por un momento llegué a pensar que tanta efusividad era efecto del licor. Pero ¡que derecho tenía yo para dudar de su cariño!. En las grandes ciudades miramos con desconfianza al extraño y las reuniones familiares son menos usuales. Aquí todo es distinto. La familia numerosa sigue reencontrándose y qué mejor en épocas de carnaval.

Acompañado de mi nueva familia visité el poblado de “Loma del Indio”. Entre montañas verdes y vientos fríos, las pocas personas de este recóndito lugar celebraban a su estilo el fin de fiesta.

La melodía de coplas carnavalescas se interrumpió para iniciar el juego del “tapagallo”. Hasta hace pocos años se practicó el “matagallo”, celebración que consiste en enterrar al ave hasta el cuello, de tal forma que su cabeza quede expuesta. Los ojos del concursante son cubiertos con una venda y luego de varias vueltas tratar de golpear con un garrote la cabeza del gallo que servirá como premio a quien logre acertar. Felizmente este juego cambió, pues la población reconoció que el ave vale más vivo que muerto. Ahora se practica el tapagallo, con las mismas normas, pero en vez de golpearlo, tratar de cubrirlo con un sombrero. Ya oscurecía y sin demora se celebró la “yunza”, fiesta tradicional de muchos pueblos andinos que consiste en derribar un árbol donde prenden de sus ramas diversos regalos. Los participantes rodean el árbol y mientras bailan, lo golpean con un machete hasta derribarlo y coger sus obsequios. Colmado de tanto festejo, me retiro a Celendín. Era domingo por la mañana y la población participa de la feria ganadera. Vacas lecheras enormes llegaban de tierras vecinas. Es que la abundancia de pastos asegura la producción de lácteos y carne para la comunidad. Aquí la totalidad de la gente usa sombreros de copa alta y ancha, accesorio obligado en su vestimenta, muchos de ellos vendidos a precios elevados.

Pareciera que aquí la s fiestas nunca terminan y se vive en constante diversión., al día siguiente retorné a la ciudad de Cajamarca. Visité los Baños del Inca, lugar de aguas tibias que brotan del subsuelo y era preciado por los Incas. Alquilé un baño privado y extenuado me sumergí en la tina de agua caliente. Totalmente satisfecho de tan inolvidable carnaval.

Por Fernando Vilchez Santisteban

Fotos extraidas de yanacocha.com.pe/ promperu

  

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Kuelap:ciudad de guerreros

Por Fernando Vilchez Santisteban

La tarea, iniciada con las primeras luces del día, para conseguir una manera económica de llegar hacia Kuélap, ha terminado. Son las nueve de la mañana y el conductor de un camión con verduras decide llevarnos ¡y sin pagar un céntimo!. Mis dos compañeros y yo estamos ahora relajados y satisfechos. Apoyados en el parapeto del camión y abrigados con chompas, para protegernos de la fría brisa de la mañana, enrumbamos a la fortaleza.

Desde Chachapoyas, capital del departamento de Amazonas, al norte de Perú, recorremos por tres horas la carretera. En el camino, las plantaciones de café y arroz son abundantes. Entre la espesura de los bosques se esconden pintorescas y humildes casas pertenecientes a los agricultores. El camión se detiene cada cierto tramo para recoger a estos hombres de tez morena, con camisas remangadas y sandalias.
El carro se llena de vasijas de barro, alfombras de paja y ramos de caña de azúcar. El viaje no sólo se hace inolvidable por los paisajes que se ven en el camino, sino también por el pintoresco espectáculo folclórico que realizan estos campesinos con su manera de comportarse.

Primera parada
Luego de recorrer 36 kilómetros, llegamos a Tingo, pueblo al pie de la montaña que conduce a Kuélap. Eran las dos de la tarde. Cada pasajero se retira con su bulto a su hogar o sabe Dios donde. Con frío y hambre, buscamos un lugar para comer y pasar la noche.
La bondad de una mujer, al vernos desorientados, nos abre las puertas de su hogar. Nos dio una habitación con vista a las montañas envueltas por la densa neblina. Preparé una sopa con verduras en el fogón de la cocina. Aquí no hay luz ni agua potable. Habría que probar qué tal sabe una sopa preparada con agua directa del río. El cansancio derribó nuestros cuerpos a la cama. Al día siguiente debíamos iniciar la caminata.

Amor de Humanos
No sabíamos cómo manifestar nuestro agradecimiento a aquella mujer. Con mucha humildad aceptó unos cuantos comestibles que cargábamos en la mochila. Ya al despedirnos nos dijo que no sintamos pena pues “es Dios quien ordena que demos posada al errante”. Manifestaciones de este tipo demuestran la grandeza de espíritu de la gente de esta parte del país. Nos sentimos muy protegidos en este pueblo, realmente nada nos faltó.

Debíamos recorrer doce kilómetros a pie. El camino, que cruza la montaña, está debidamente señalado. La abundancia de piedras, caminos altos y bajos y una repentina lluvia, hicieron que nuestra atención se centrara en lo que pisábamos, pues el camino se tornó resbaladizo. Dejó de llover y las nubes despejaron las montañas. El juego de la neblina con las diversas tonalidades de verde forman un panorama espectacular.

La dificultad para respirar nos detenía cada cierto tramo. Kuélap se encuentra a tres mil metros sobre el nivel del mar. Pero el esfuerzo valía la pena. A lo lejos se dibujaba lo que en su momento fue una ciudad guerrera.

Eran las tres de la tarde. El complejo arqueológico se cerraba en dos horas. Pernoctamos en cada de don Rigoberto, el guía que trabaja en las ruinas. El pertenece a una de las cuatro familias oriundas de kuélap. El resto se mudó a chachapoyas. Rodeados en el fogón de la esposa de don Rigoberto y sus cinco niños, comimos unas tortillas preparadas con maíz fresco de la chacra, manzanilla caliente pata beber y con la ciudadela como paisaje, qué mas podíamos pedir.

Civilización grande
En la cima de la montaña, la fortaleza de Kuélap se luce por su enorme muralla de hasta veinte metros de altura y que alberga alrededor de seis cuadras de largo. En su interior, se encuentra toda una ciudad compuesta por 420 casas circulares. Construidas con bloques de granito rosado y superpuestas sin ningún otro elemento, han podido desafiar durante siglos la destrucción de la erosión y la lluvia.
La fortaleza posee tres puertas, dos de ellas están clausuradas por la fragilidad de la estructura y el paso de los años. La puerta de acceso a los turistas es a través de una escalinata de piedra. A medida que la escalera avanza hacia la montaña, va reduciendo de ancho, de modo que al llegar a la primera plataforma sólo queda espacio para el ingreso de personas en columna de a uno y con la cabeza inclinada . En los muros laterales de la escalera hay pequeñas casas que servían para esconder a guerreros, que armados atacaban en la cabeza a sus enemigos.

Planificación social
En el interior existen tres niveles. El primero y más amplio lo ocupaba el pueblo, los otros dos niveles eran de los jefes militares y maestros. También hay una torre o torreón, que sirvió para observar a grandes distancias la presencia del enemigo. La fortaleza fue construida entre los años 800 y 500 AC por la cultura chachapoyas. Con mucha experiencia en la estrategia y defensa militar, tuvo que enfrentarse a las guerras de conquista de los waris y chibchas.

Tiempos violentos
Los chachapoyas se enfrentaron a duras batallas, pero no lograron superar la astucia incas. del Imperio Inca. Estos, al percatarse de la trampa que forma la entrada a la ciudad, cercaron todo el recinto. El pueblo poseía en sus almacenes comida por unos días, pero debían salir del lugar para conseguir más alimentos y agua. El hambre obligó a esta cultura rendirse, ocupando territorios vecinos. Los incas vivieron allí por muchos años. Esto se comprueba en las construcciones en forma de rectángulo, figura que caracterizaba las edificaciones
Tras la conquista de los españoles a este suelo, los chachapoyas establecieron una alianza con ellos par a derrotar a los incas. En la sangrienta batalla, los conquistadores lanzaron antorchas de fuego por las altas murallas de la ciudadela, obligando a los incas a salir despavoridos y encontrar la eminente muerte.

En el pánico, los españoles ingresaron a la ciudad en llamas buscando almacenes de oro, pero al no encontrar nada que sea de valor, destruyeron todo lo que había en su paso, además de dar muerte a los chachapoyas.
Desde ese entonces, la ciudadela quedó abandonada hasta su descubrimiento en 1843 por el juez Crisóstomo Nieto. Kuélap está rodeada de otras fortalezas y recintos que aún están en plena investigación, muchas incluso están aún cubiertas por la espesa vegetación y en zonas difíciles de acceder. Por ello, Chachapoyas y los al rededores se percibe como un potencial turístico tan fuerte como el Cusco.

Disculpas por no contar con fotografías.

Fernando Vilchez San

Este es el sistema de noticias de la web de Fernando Vilchez San.

Historias de hombres que van por el mundo con su mochila a cuestas.

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