Historias de hombres que van por el mundo con su mochila a cuestas.

Vestimenta shipiba. Cambio cultural.

En la comunidad de San Francisco, como en todos los pueblos shipibos, resalta a primera vista la forma de vestir de las mujeres mayores. Sus faldas de algodón poseen ese delineado shipibo tan característico, que hacen de su indumentaria algo muy llamativo y singular.

 

Sobre las mujeres

El elemento alegre en el vestir de las mujeres, son las blusas. De colores intensos y bordes sobresalientes. Su tela puede ser de seda o algodón. Y las usan en todo momento del día. Los accesorios son escasos. Hace más de treinta años se dejó de usar una especie de aro o disco de plata insertado en la nariz. Esto hacía aún más impactante su figura. Pero ahora no existe eso. Solo algunas utilizan collares y brasaletes confeccionados por ellas mismas y con materiales de semillas o mostacillas.

Nunca se usaron zapatos. Hoy las sandalias son una alternativa para sentirse cómodas.

 

Sobre los hombres.

Hace más de medio siglo, los hombres acostumbraban vestirse con "cushmas", túnicas hasta la altura del tobillo y con mangas hasta los codos. Esa indumentaria era de uso diario. Iban a trabajar con ella. Sin embargo, hoy solo se usa en ceremonias o rituales shamánicos. Y es una pieza decorativa, mas no elemental.

La "cushma" fue reemplazada por los pantalones, camisas y corbatas . Algunos utilizan los chalecos con bordes shipibos. Estas son nuevas creaciones que le otorgan un matiz local.

 

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Pérdida de indumentaria y su reemplazo

El principal problema en la vestimenta de los shipibos y en la mayoría de comunidades, es la pérdida de la cultura. En la actualidad niños y jóvenes ya no visten como sus padres, ni mucho menos como sus abuelos. Prefieren los jeans, camisetas de colores sintéticos, zapatillas y todas esas monadas típicas del mundo occidental.

 

Muchos incluso llegan a negar el uso de su vestimenta originaria. Se colocan sus faldas y cushmas para vender un espectáculo al foráneo. Todo quedó en el ropero de los recuerdos de los abuelos. Todo pasó a la anécdota, a la historia.

  

Fernando Vilchez Santisteban

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